El agua a todas horas.
El zumo de pomelo por la mañana para los semáforos junto con una manzana pillados en la cocina corriendo que no llego.
El café solo, largo, fuerte, con azúcar y con aroma en la cafetería de la oficina con los colegas y una broma rápida.
El té rojo mi preferido junto con el de canela y el verde para las terrazas si estoy sola o con buena compañía, mucho tiempo y muchas cosas que contar o que escuchar. El té en taza alta para calentar las manos y el cuerpo y en verano helado.
El champán francés con las perlas y un vestido negro y unos zapatos de salón para achispar y reír en las grandes ocasiones.
El gyn-tonic para bailar en la noche.
El Rioja y el Ribera para la cama, el sofá o la alfombra para hacer un te quiero.
Una Coronita, para la playa y el verano. La cerveza no me gusta pero pocos placeres hay tan primarios como en un rincón apartado de la playa mientras el sol te quema la nuca, levantar la cabeza, alargar una mano y atrapar en la nevera portátil una coronita casi helada y con la otra buscar el abre-botellas y exponer la cara al sol que te ciega apoyando el borde la botella en tu boca y ese primer trago que saboreas, te limpia, te enfría y te refresca la garganta y el cuerpo entero, el primer trago para mí y el segundo para compartir con mi chico que casi dormita a mi lado: un beso de cerveza.